miércoles, 29 de junio de 2011

En defensa de los redactores y sus firmas

Leemos con asombro el equilibrismo argumental del artículo de opinión que el director y los exdirectores de El País publican hoy criticando la decisión de sus periodistas de no firmar sus textos en medio de un conflicto laboral que pretende recortar sueldos y derechos laborales en la redacción. Con la apariencia de una disculpa a los lectores, que esconde una clara medida de presión para quebrar esta decisión acordada por la asamblea de trabajadores, el texto sostiene que no firmar los textos es una falta de respeto al lector porque le hurta información, acusa a la plantilla de involucrar a El País en un conflicto laboral y tacha la medida de irresponsable, aludiendo a la deontología periodística y a la transparencia en la información.

Ante estas afirmaciones, El Correo de Andalucía, que recientemente ha sufrido recortes de plantilla, sueldo y derechos laborales cuyas consecuencias ahora padece, quiere solidarizarse con los compañeros de El País, cuya profesionalidad está tan fuera de duda hoy como lo estaba antes del inicio de este conflicto, y animarlos a mantenerse firmes en la defensa de sus puestos de trabajo y en su compromiso con la calidad futura del diario.

El Comité de Empresa de El Correo de Andalucía se ve obligado a recordar que El País ya está involucrado en un conflicto laboral que afectará a la calidad futura del periódico si se aplican los recortes previstos. Y a añadir que un empleo de calidad es la mayor garantía de la calidad informativa de la que El País hace gala. De esta forma, lejos de ser irresponsable, la postura de la redacción es un compromiso con el periódico y con los lectores.

El recurso a la retirada de las firmas, el menos dañino para la información ya que los textos son idénticos a los que se publicarían firmados, es una de las pocas armas de los periodistas para visibilizar nuestros conflictos. Porque, paradójicamente, los problemas de los periodistas son los únicos que no se publican. Por desgracia, esto ha devenido en una tradición malsana por la que cualquier tímida protesta se considera una afrenta a la profesión, un rígido baremo que no se emplea con ninguna otra de las protestas laborales que los periódicos recogen a diario.

Que El País considere que sus lectores merecen saber quién firma las informaciones es lógico. Pero también sería lógico considerar que merecen conocer qué tipo de medidas laborales amenazan a las personas cuyas firmas siguen cada día. Y si se lleva la idea al absurdo de afirmar que para hacerse una "idea cabal" sobre un reportaje el lector precisa conocer quién lo ha escrito, también podría considerarse imprescindible que sepa si esa firma corresponde a un redactor de plantilla o a un colaborador por piezas que no puede entrar en la redacción, a un becario o a un empleado que acude a trabajar preocupado ante próximos recortes de personal. Y eso el lector no lo sabe, sin que por ello se acuse a El País de falta de transparencia.

Más sorprendente es en cambio que se haya tratado de ocultar esta protesta incrementando los artículos de opinión firmados por colaboradores externos y amenazando con no pagar a los colaboradores internos que opten por no firmar, sin permitirles siquiera hacerlo con iniciales.

Debería recordar el periódico que los profesionales a los que envía a diario a preguntar y cuestionar a representantes de la política o la sociedad civil, analizando sus argumentos e interpretándolos para ofrecérselos al lector, sin arredrarse en busca de la información, son personas con criterio que, habituados a esa independencia, no van a agachar la cabeza ante pretensiones laborales si las consideras injustas. Ni el periódico debería pretenderlo.

Por último, debemos denunciar el recurso a la ofensa al calificar como "protesta opaca del Fuenteovejunta de turno" una protesta colectiva. Sería absurdo que cada periodista tuviese que defender en soledad sus derechos laborales, y sería obviar el derecho a la defensa colectiva de los trabajadores y avances sindicales ganados durante las últimas décadas, recogidos con entusiasmo en las páginas de este diario a lo largo de los años.